Un fenómeno de similares características pero de menor intensidad y magnitud son los denominados “sismos”, que si bien producen desplazamiento de placas, no logran alcanzar la densidad de lo que sería un terremoto. Además, éstos pueden ocasionar, cuando ocurren en superficies bajo el agua, lo que conocemos con el nombre de maremoto.
Cuando la tierra se remueve a sí misma buscando un equilibrio y un reajuste con motivo del movimiento de placas, es cuando se produce un terremoto. En ese momento se libera energía y el movimiento se propaga a través de ondas similares a las del sonido, tanto hacia el interior de la tierra como hacia el exterior, provocando en este último caso la destrucción de la superficie habitable, con los peligros que ello implica.
Para referirse a este fenómeno, los estudiosos utilizan dos términos que pretenden ser explicativos: hipocentro y epicentro. En el primer caso, se hace referencia al lugar donde se produce un rompimiento en la corteza terrestre y donde comienza el movimiento sísmico; allí es precisamente donde se produce la liberación de energía. En el segundo caso, se hace referencia al lugar de la superficie terrestre en donde se proyecta la energía del foco.
Además, como la mayoría de los fenómenos naturales, los terremotos tienen varias escalas de medición para precisamente determinar su intensidad. La más conocida es la famosa Escala de Ritcher, con un máximo de 10 puntos, lo que sería la mayor magnitud posible para un fenómeno de este tipo, y claro, que tendrá las consecuencias más graves.
Aparte, son conocidos en la actualidad los llamados “terremotos inducidos”, provocados por ejemplo en zonas de explotación y extracción de hidrocarburos (petróleo, por ejemplo). Claro que las empresas extractoras de estos recursos naturales, se preocupan demasiado por la explotación de materias primas, pero poco por prever desastres naturales, y evitar muertes o heridos de gravedad en las poblaciones aledañas a estos lugares de extracción.
En la actualidad, es bastante fácil determinar qué zonas son las más propensas a sufrir alteraciones de este tipo, por lo que en teoría sería posible tomar medidas de precaución. Lamentablemente, muchas de las zonas más expuestas coinciden con regiones pobres, por lo que estas medidas de prevención no pueden aplicarse.
Los mayores terremotos ocurridos durante el siglo XX y XXI se han sucedido en Indonesia, Japón, Chile, Estados Unidos, México, Rusia y Portugal.
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